Botánica aplicada
Querida Mariana,
Hola de nuevo. Empiezo así, para
advertirte que leas esta carta en segundo lugar y no en primero. Verás,
Verás, me cuesta notificar lo
sucedido, pensaba repararlo pero ya es demasiado tarde, pensé reponer algunas
para que no notes la diferencia, pero pronto me di cuenta que con otras sería
imposible, sobre todo reconocerías los cambios en los recorridos realizados por
ellas mismas para acercarse a la luz, a la oscuridad o a la tierra
Cómo contarte que cada semana he
venido, dos o tres veces, a abrir tus ventanas, tomar unos mates, revisar el
correo y regar tus plantas, como me lo has pedido. Respeté las instrucciones
para cada una de ellas, las saqué a tomar sol, toqué su tierra y la renové
cuando era necesario. Las regué las veces que me dijiste y hasta intenté hablar
con ellas. Yo te dije que no me gustaba hablar con las plantas; que me parecía
algo tonto que hacía mi madre. Mi madre que adoraba las plantas, y
Todas las tardes durante las
siestas de mi madre las miraba y me acercaba a ellas. Seleccionaba una hoja y
la acariciaba con mi mano izquierda apoyándola allí desde el envés. Intentaba
hablarles, pensaba alguna palabra, la repetía en mi mente, abría la boca pero
no lograba emitir ningún sonido, ni siquiera enviarles dióxido de carbono a sus
poros. A mi madre las plantas la hacían hablar, a mi me dejaban muda. Hubiera
querido recibir de ellas la felicidad que experimentaba mi madre durante sus
conversaciones. Hubiera querido también hacerme amiga. Como eramos nosotras
antes que leas esta carta y llegues hasta este punto.
Ingratas las plantas ignoraron
mis cuidados y hasta protestaron frente a mi presencia. Algunas desinteresadas,
simplemente se dejaron caer, otras cambiaron de color y optaron por la clorosis
a seguir recibiendo agua de mi parte. Las más osadas, o sabias tal vez, se
volvieron oscuras y marrones, muriendo de aburrimiento. Quedaron los potus,
hartos. Podía sentir su desilusión colgando cada vez que yo volvía a entrar por
la puerta y no eras vos. Suspendí mis cuidados. Dejé de abrir las ventanas. No
les proporcioné más agua. Y allí estaban y vos decidiste volver e iban a
contarte todo; lo que las demás no pudieron. Tuve que hacerlo, como cuando era
chica y tenía diez años y sostenía con mi mano izquierda las hojas de los potus
y con mis dedos índice y gordo de mi mano derecha, presionaba su limbo hasta
sentir el crujido del pecíolo que me indicaba que podía arrancar sus pedazos,
abrirlos desde las nervaduras, y abrir mi boca, donde los introducía uno a u

Comentarios
Publicar un comentario