Botánica aplicada

 

Querida Mariana,

 

Hola de nuevo. Empiezo así, para advertirte que leas esta carta en segundo lugar y no en primero. Verás, escribí la anterior pero omití un detalle que dada tu inminente vuelta decido comentarte aquí. Es cierto que podría haber reescrito mi carta primera pero contiene todo lo que me habías consultado: el estado de las distintas diligencias realizadas así como algunas indicaciones finales para que puedas volver tranquila. Además, una carta aparte solo con esta temática me permite descartarla en caso que decida no enviarla. Así es, no sé aún si podré contarte lo que aquí intentaré escribir. Pero este es un buen paso. Te pido encarecidamente entonces, que leas, si aún no lo has hecho, la carta que contiene el número 1 y luego ésta que contiene el número 2, cuando quieras. Puede ser en el avión, en un café, o ahora mismo donde estés.  Sugiero, sin embargo, que puedas hacerte un té de hierbas y luego te sientes en algún sofá para estar cómoda y tranquila. O quizás debiera hacer eso yo.

Verás, me cuesta notificar lo sucedido, pensaba repararlo pero ya es demasiado tarde, pensé reponer algunas para que no notes la diferencia, pero pronto me di cuenta que con otras sería imposible, sobre todo reconocerías los cambios en los recorridos realizados por ellas mismas para acercarse a la luz, a la oscuridad o a la tierra fruto del foto o gravitropismo. Podría haber inventado alguna historia de robo, pero para ello tendría que, efectivamente, robar algo más que una plántula, realizar alguna denuncia, inventar una historia que luego podría olvidar, pero me perseguiría siempre, porque no me gusta mentir. De todas maneras, no estoy segura de evitar el acecho, pero por lo menos que sea por decir la verdad. Una que cara a cara me sería muy difícil. Manejar tu angustia digo,  y la mía.

Cómo contarte que cada semana he venido, dos o tres veces, a abrir tus ventanas, tomar unos mates, revisar el correo y regar tus plantas, como me lo has pedido. Respeté las instrucciones para cada una de ellas, las saqué a tomar sol, toqué su tierra y la renové cuando era necesario. Las regué las veces que me dijiste y hasta intenté hablar con ellas. Yo te dije que no me gustaba hablar con las plantas; que me parecía algo tonto que hacía mi madre. Mi madre que adoraba las plantas, y que era con lo único que hablaba. Yo la miraba desde la cocina mientras inventaba algo para que mis hermanos coman antes de ir a la escuela . Ella, hasta reía. Hablaba con ellas sobre el sol pero también sobre cómo habían crecido, cómo sus colores eran cada vez más bellos, les preguntaba si estaban contentas, si necesitaban que las cambie de lugar, si tenían sed o calor. También les decía que las quería, porque eran hermosas, porque eran dóciles, porque no le pedían nada, ni le hacían berrinches, ni lloraban, como si hacíamos nosotros. Yo tenía diez años y las odiaba.

Todas las tardes durante las siestas de mi madre las miraba y me acercaba a ellas. Seleccionaba una hoja y la acariciaba con mi mano izquierda apoyándola allí desde el envés. Intentaba hablarles, pensaba alguna palabra, la repetía en mi mente, abría la boca pero no lograba emitir ningún sonido, ni siquiera enviarles dióxido de carbono a sus poros. A mi madre las plantas la hacían hablar, a mi me dejaban muda. Hubiera querido recibir de ellas la felicidad que experimentaba mi madre durante sus conversaciones. Hubiera querido también hacerme amiga. Como eramos nosotras antes que leas esta carta y llegues hasta este punto.

Ingratas las plantas ignoraron mis cuidados y hasta protestaron frente a mi presencia. Algunas desinteresadas, simplemente se dejaron caer, otras cambiaron de color y optaron por la clorosis a seguir recibiendo agua de mi parte. Las más osadas, o sabias tal vez, se volvieron oscuras y marrones, muriendo de aburrimiento. Quedaron los potus, hartos. Podía sentir su desilusión colgando cada vez que yo volvía a entrar por la puerta y no eras vos. Suspendí mis cuidados. Dejé de abrir las ventanas. No les proporcioné más agua. Y allí estaban y vos decidiste volver e iban a contarte todo; lo que las demás no pudieron. Tuve que hacerlo, como cuando era chica y tenía diez años y sostenía con mi mano izquierda las hojas de los potus y con mis dedos índice y gordo de mi mano derecha, presionaba su limbo hasta sentir el crujido del pecíolo que me indicaba que podía arrancar sus pedazos, abrirlos desde las nervaduras, y abrir mi boca, donde los introducía uno a uno, para masticarlos con la bronca.

 









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