Consejo



-Si te sentís mal, mirá el horizonte.

-Después decime si encontraste algo. 


Entonces me concentro, apoyo la pera sobre mis manos cruzadas y miro. 

Al principio, el alboroto de las olas queriendo llamar mi atención me distrae, asique hago un esfuerzo para estirar mis ojos hacia la línea que intenta separar el mar del cielo. 

Hoy está difícil. Ambos están un poco grises y los límites se difuminan de un segundo a otro. 

Las olas no ayudan, siguen levantando los brazos como queriendo opinar en la discusión. 

¿Qué habrá pasado entre ellos?  Espero que lo solucionen pronto. 

Una voz grave termina de eliminar el mareo si es que alguna vez lo tuve. 

-Che, quien dejo que te quedés ahí. (No alcancé a darme vuelta que ya me tironeó de la espalda del vestido, como si quisiera sacar un mantel de la mesa sin que se caigan los platos).

Acompaño el movimiento dando pasos en reversa para no caerme y mientras giro, la voz grave me caza de una mano. 

Ahora voy de costado como sosteniendo un barrilete borracho de viento que es, en realidad, mi papá... 

Me dice que no puedo estar ahí, 

que es la parte más peligrosa, 

que mire para abajo y que tenga cuidado con los cabos sueltos, 

que levante los pies. 


De reojo veo al horizonte y las olas que ahora se burlan. Eureka: Descubro que hay horizonte también a los costados. 

Mi abuelo tenía razón otra vez. Siempre encuentro algo. 


Cuando pasamos por la cabina le quiero contar pero no me escucha. Hace rato que no escucha casi nada, tiene los dedos al timón, la vista larga y la sonrisa tranquila. 

Cuando llegamos al otro extremo del barco, el enojo de mi padre emite incoherente:

 -Dame uno. -A ver. -Quien fue.

 Mi tío, que está tomando mate como si estuviera en la cocina de su casa, le alcanza uno. 

-Calmate Carlitos, ya está todo. La nena ya se da cuenta, no se va a tirar, miralo a Martin. 


Martin es mi primo, tiene uno o dos años más que yo, está colgado en popa mirando para abajo, juega a marearse. A mi me parece un tarado. Por supuesto, a él no lo retan. 

Carlitos afloja la mano mientras me pregunta de nuevo quién fue. Yo no le quiero responder pero le digo que quiero contarle al abuelo lo que encontré. Hace una mueca y le pido que no se peleen. 

Cuando entramos a la cabina le cuento mi hallazgo. Turilo sonríe grande y me hace entrega de mi premio. La gorra de capitana que combina con el vestido que me pongo cada vez que me dejan subir a la lanchita que para mi es un barco. 

Me acomodo en los sillones para hacer guardia desde adentro. Los veo discutir envueltos en banderas de mundos que no conozco.  

Cuando me siento mal, miro al horizonte.
















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