Dos gotas de agua. Si, pero una para adentro y otro para afuera decía mi abuela. Eduardo se reía grande y de todo, con los ojos achinados, huecos en las mejillas, y ruidos en la nariz. Yo quiero disfrutar, decía. En cambio, era difícil distinguir si mi padre sonreía, estaba preocupado o le picaba un ojo. Yo pienso que por eso, mis primos andaban livianos, hacían todo como flotando con sus caras suaves y flexibles. Mis hermanas y yo, bueno. Al revés. Pero no se confundan, no era cariño lo que nos faltaba, sino información. Le presentábamos espectáculos de lo más variados: académicos, artísticos, actitudinales, tratando de provocar alguna emoción que nos permita descubrir algún rasgo de nuestro padre. Como respuesta, todo lo que recibíamos era una mirada atenta y un movimiento de cabeza como el que hacen esos muñecos que casi siempre son perros y se ponen en los autos. A cambio, no conseguíamos más que preguntas ¿le gustó? ¿le molestó algo? ¿se aburrió? Él es así, no s...