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Consejo

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-Si te sentís mal, mirá el horizonte. -Después decime si encontraste algo.  Entonces me concentro, apoyo la pera sobre mis manos cruzadas y miro.  Al principio, el alboroto de las olas queriendo llamar mi atención me distrae, asique hago un esfuerzo para estirar mis ojos hacia la línea que intenta separar el mar del cielo.  Hoy está difícil. Ambos están un poco grises y los límites se difuminan de un segundo a otro.  Las olas no ayudan, siguen levantando los brazos como queriendo opinar en la discusión.  ¿Qué habrá pasado entre ellos?  Espero que lo solucionen pronto.  Una voz grave termina de eliminar el mareo si es que alguna vez lo tuve.  -Che, quien dejo que te quedés ahí. (No alcancé a darme vuelta que ya me tironeó de la espalda del vestido, como si quisiera sacar un mantel de la mesa sin que se caigan los platos). Acompaño el movimiento dando pasos en reversa para no caerme y mientras giro, la voz grave me caza de una mano.  Ahora...

Botánica aplicada

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  Querida Mariana,   Hola de nuevo. Empiezo así, para advertirte que leas esta carta en segundo lugar y no en primero. Verás, escribí la anterior  pero omití un detalle que dada tu inminente vuelta decido comentarte aquí. Es cierto que podría haber reescrito mi carta primera pero contiene todo lo que me habías consultado: el estado de las distintas diligencias realizadas así como algunas indicaciones finales para que puedas volver tranquila. Además, una carta aparte solo con esta temática me permite descartarla en caso que decida no enviarla.  Así es, no sé aún si podré contarte lo que aquí intentaré escribir. Pero este es un buen paso. Te pido encarecidamente entonces, que leas, si aún no lo has hecho, la carta que contiene el número 1 y luego ésta que contiene el número 2, cuando quieras. Puede ser en el avión, en un café, o ahora mismo donde estés.   Sugiero, sin embargo, que puedas hacerte un té de hierbas y luego te sientes en algún sofá para estar cómo...

Las mujeres de mi vida

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El instante

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Dos gotas de agua. Si, pero una para adentro y otro para afuera decía mi abuela. Eduardo se reía grande y de todo, con los ojos achinados, huecos en las mejillas, y ruidos en la nariz. Yo quiero disfrutar, decía. En cambio, era difícil distinguir si mi padre sonreía, estaba preocupado o le picaba un ojo. Yo pienso que por eso, mis primos andaban livianos, hacían todo como flotando con sus caras suaves y flexibles.  Mis hermanas y yo, bueno. Al revés.  Pero no se confundan, no era cariño lo que nos faltaba, sino información. Le presentábamos espectáculos de lo más variados: académicos, artísticos, actitudinales, tratando de provocar alguna emoción que nos permita descubrir algún rasgo de nuestro padre. Como respuesta, todo lo que recibíamos era una mirada atenta y un movimiento de cabeza como el que hacen esos muñecos que casi siempre son perros y se ponen en los autos. A cambio, no conseguíamos más que preguntas ¿le gustó? ¿le molestó algo? ¿se aburrió?  Él es así, no s...

Puán

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Estoy sentada en esa esquina aferrada a mi vestido. Cada tanto, mis manos juegan con el botón de mi bandolera, esa palabra que me encanta porque es la que usabas de apodo ¿Me dirías de otra forma si lo nuestro funciona? Nuestras pupilas se descubren y se abren entre el tumulto de gente que huele a verano. Esa mezcla entre protector solar,  sal y shampoo, que opacan el perfume que me puso Vanesa de prepo. Te acercás y tirás de mi mano como de un hilo. Avanzamos por Puán. Pasamos por el mercadito donde trabajamos y me doy cuenta cómo los locales se esconden guardando el secreto. Polémica decisión: una cita en barrio propio. No se si estoy lista para cambiar el significado de sus rincones. Insistías. Accedí. Las luces que vienen de los fichines decoran nuestras caras brillantes y suavizan el corte en tus labios, mi punto de fuga.  En el bar de la esquina suena el cover de Gilda por Attaque, y unas topper saltan en la vereda. Se levanta viento, tierra y arena. Las pelotas de playa...