Puán
Estoy sentada en esa esquina aferrada a mi vestido. Cada tanto, mis manos juegan con el botón de mi bandolera, esa palabra que me encanta porque es la que usabas de apodo
¿Me dirías de otra forma si lo nuestro funciona?
Nuestras pupilas se descubren y se abren entre el tumulto de gente que huele a verano. Esa mezcla entre protector solar, sal y shampoo, que opacan el perfume que me puso Vanesa de prepo.
Te acercás y tirás de mi mano como de un hilo.
Avanzamos por Puán.
Pasamos por el mercadito donde trabajamos y me doy cuenta cómo los locales se esconden guardando el secreto.
Polémica decisión: una cita en barrio propio. No se si estoy lista para cambiar el significado de sus rincones. Insistías. Accedí.
Las luces que vienen de los fichines decoran nuestras caras brillantes y suavizan el corte en tus labios, mi punto de fuga. En el bar de la esquina suena el cover de Gilda por Attaque, y unas topper saltan en la vereda. Se levanta viento, tierra y arena. Las pelotas de playa, baldes y palitas se bambolean en sus redes y chocan contra las paredes de sus kioskos.
Comíamos un helado cuando se largó la lluvia, corrimos hasta el toldo del mercadito y nos reímos al ver nuestros cucuruchos destruidos. Me besaste por primera vez. Adelante de todos los que se hacian los otros. Todavía recuerdo tu sabor fresco a vainilla, a pesar de la tormenta que se llevó todo.
Sigo sentada en esa esquina aferrada a mi vestido, a la sombra del pato gigante que extiende su mano como si quisiera darme ánimo. Llego tarde y sigo ahí. Yo sabía. Que difícil es atravesar la calle con nuestro verano a cuestas y tu ausencia en mis labios.
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