El instante
Dos gotas de agua. Si, pero una para adentro y otro para afuera decía mi abuela.
Eduardo se reía grande y de todo, con los ojos achinados, huecos en las mejillas, y ruidos en la nariz. Yo quiero disfrutar, decía.
En cambio, era difícil distinguir si mi padre sonreía, estaba preocupado o le picaba un ojo. Yo pienso que por eso, mis primos andaban livianos, hacían todo como flotando con sus caras suaves y flexibles. Mis hermanas y yo, bueno. Al revés. Pero no se confundan, no era cariño lo que nos faltaba, sino información.
Le presentábamos espectáculos de lo más variados: académicos, artísticos, actitudinales, tratando de provocar alguna emoción que nos permita descubrir algún rasgo de nuestro padre. Como respuesta, todo lo que recibíamos era una mirada atenta y un movimiento de cabeza como el que hacen esos muñecos que casi siempre son perros y se ponen en los autos. A cambio, no conseguíamos más que preguntas ¿le gustó? ¿le molestó algo? ¿se aburrió? Él es así, no se sabe expresar, decía nuestra madre. Mentía para sí.
Así vivíamos, buscando señales por donde no había, hasta que un día como todos en los que no pasa nada, sonó el teléfono como casi siempre, obviamente atendió mi mamá, pero esta vez, escuchó y se llevó la mano a la boca.
Cuando cortó, ella, que nunca se quedaba quieta, permaneció inmóvil unos segundos antes de acercarse, como si quisiera asustar a alguien, a la habitación donde se encontraba mi padre.
Yo los miraba evitando pestañear, haciendo foco, estirando el cuello y extendiendo los dedos de mis manos, en un intento por atrapar el movimiento. Sus labios articulaban casi en silencio mientras él la miraba y la leía. Yo también, porque de tal palo tal astilla. El mensaje decía: tu hermano. Ya está.
Sus manos, confirmaban la funesta noticia. El mellizo se tomó la cabeza con ambos brazos y el cuello se le hundió reptilianamente entre los codos. Sentí que miraba un documental en reversa sobre una rosa que crecía al revés. El viento y la tierra se colaban por debajo de la puerta apurándose para alcanzar consuelo. Me codeaban y rozaban mis pies desnudos obligándolos a frotarse aunque yo no quería.
Parece que me moví, porque los sentidos de mi madre despertaron para, en un solo acto, tomar la puerta y la cerrarla en mi cara. Papá está descompuesto, me dijo ya detrás de ella. Anda afuera.
Crucé el pasillo descifrando el significado de esa palabra que remitía a una descomposición, me pareció certera.
Del otro lado de la casa, sentada en el patio pero con la puerta abierta, mi hermana también esperaba alerta. No se que cara tenía yo, para que con su ceño fruncido, la boca apretada y las manos quietas sobre la falda me preguntara:
-y a vos, ¿qué te pasó?
Espere a salir para susurrarle: Lo vi a papá.

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